Cuando la experiencia pierde el criterio

Durante años, la coctelería ha buscado algo más que un buen sabor. Ha querido provocar, emocionar, generar recuerdo. Y eso, bien entendido, es maravilloso. El problema llega cuando la forma se come al fondo, cuando el continente grita más que el contenido y cuando la experiencia deja de tener discurso.

Hoy parece que cualquier objeto sirve para presentar un cóctel. Cuanto más llamativo, mejor. Cuanto más “instagrameable”, más válido. Y ahí es donde, personalmente, empiezo a sentir cansancio.

Y para mí, «no todo vale».

La coctelería no necesita disfrazarse para ser interesante. No necesita caer en lo grotesco ni en lo infantil para sorprender. La creatividad sin criterio no es creatividad: es ruido. Y el ruido, lejos de emocionar, acaba cansando.
Un cóctel es equilibrio. Es técnica, producto, intención y relato. El recipiente no es un chiste ni un reclamo fácil: es parte del mensaje. Igual que no serviríamos un gran vino en cualquier copa “porque llama la atención”, tampoco deberíamos aceptar cualquier soporte solo por provocar una reacción rápida.

La experiencia no está en lo exagerado, sino en lo coherente.

En lo que tiene sentido.

En lo que acompaña al líquido y no lo eclipsa.

Creo profundamente que el lujo —incluso el lujo informal— está en la medida, en el detalle y en el respeto al oficio. Y también creo que decir no es, hoy más que nunca, un acto de personalidad profesional.
No se trata de volver atrás ni de renunciar a la creatividad. Se trata de avanzar con criterio. De crear con intención. De entender que sorprender no es gritar más alto, sino decir algo mejor.

Porque al final, lo verdaderamente memorable no suele ser lo más estridente… sino lo más honesto.

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